lunes, 30 de enero de 2012
Luego dejas a alguien que amaste y los dos se quedan esperando a que el otro regrese, como si realmente alguna vez hubieras sido mía.
lunes, 23 de enero de 2012
«Hace casi cuatro meses que estoy aquí. En estos cuatro meses he pensado mucho en ti. Y he visto claro que te he tratado injustamente. Debería haber sido mejor persona contigo, haberte tratado con justicia. Pero esta manera de pensar quizá no sea la normal. Para empezar, las chicas de mi edad no usan la palabra "justicia". A ellas les resulta indiferente que las cosas sean justas o injustas. A la mayoría, más que el hecho de que las cosas sean justas o injustas, les preocupa que sean bonitas, o cómo ser felices. La "justicia" tiene un carácter masculino. Sin embargo, en mi situación, ésta es la palabra que más me conviene. En estos momentos "qué es bonito" o "cómo ser feliz" son proposiciones demasiado complicadas; prefiero aferrarme a otros criterios. Por ejemplo, a si algo es justo, honesto o universal. En cualquier caso, creo que no he sido justa contigo. Y, en consecuencia, te he arrastrado de aquí para allá y te he herido muy hondo. Al hacerlo, también me he arrastrado y me he herido a mí misma. No es una excusa, no creas que trato de justificarme, es la verdad. Si he dejado una herida en tu interior, esta herida no es sólo tuya, también es mía. Así que no me odies por ello. Soy un ser imperfecto. Mucho más imperfecto de lo que crees. Por eso no quiero que me odies. Si me odiaras, me partiría en mil pedazos. Sé que no puedo esconderme en mi caparazón y dejar que las cosas pasen. Y me da la impresión de que tú haces eso. A veces te envidio muchísimo, y tal vez te he arrastrado de aquí para allá por ese motivo. [...]»
martes, 17 de enero de 2012
Para Brenda, por su cumpleaños:
¿Qué es un
neutrino? Si se tiene que explicar fácilmente, es la cosa más chiquita que hay.
Es tan pequeño que todo lo que se puede ver está hecho de muchos neutrinos moviéndose
de diferentes maneras, bailando diferentes bailes. Las personas, los animales, las
cosas, los elementos de la naturaleza, los átomos, la vida. Todo es un baile.
Entonces, aunque no queramos, siempre estamos
bailando y aunque no escuchemos la música, siempre ahí está.
Esta es la historia de un zorro que no sabía
bailar. Al menos no como los demás.
Resulta que a pesar de que no sabía bailar,
el zorro era admirado y respetado por otros de sus talentos, como saberse de
memoria el nombre y el artista de cualquier buena canción que saliera en la
radio. Tenía una colección de canciones que según él no tenía fin, porque, como
todos aprenden tarde o temprano, cada día se crea música nueva. Además, todos
decían que demostraba un gusto especial por conocer tantas canciones, cantantes
y géneros como fuera posible.
Entonces, ¿un personaje amante de la música
al que no le gusta bailar? No señor, no es que no le gustara, ni que nunca le
hayan enseñado. Lo intentaron, pero nuestro zorro pensaba tan diferente a los
otros animales que realmente le preocupaba poco lo que dijeran. En su mente no
importaba si eras animal o humano, podías tener sentimientos y ser un salvaje
al mismo tiempo, con los pies en la tierra y la mente en las nubes.
Lo que le faltaba era dejar de pensar.
Veamos—decía—si nos han enseñado que nosotros
los animales actuamos solo por instinto, instinto
salvaje que le llaman, en algún
momento tenemos que pensar en lo que está pasando para usar nuestro instinto.
Pero yo me he quedado atorado pensando cientos de veces cuando debí haber usado
el instinto.
—No sé de qué hablas, tengo hambre—le
replicaba Barbar, su amigo que era un elefante rosa con barba. Y no solo eso,
era un elefante rosa con barba que además era un excelente bailarín, ya que
caminaba en dos pies y violaba todas las leyes de la física. También era más
pequeño que un elefante normal. Muchas veces el zorro se preguntaba si su amigo
era imaginario y llegaba a la conclusión de que todo lo es.
La verdad es que el zorro no tenía muchos
problemas, pero se los inventaba igual que los demás para no estar aburrido.
Tenía comida en el plato todos los días, sabía divertirse y era amable casi con
todos. Estaba convencido de que a nadie le importaban mucho todos sus
pensamientos y que al final lo que la gente y los animales hacen a diario es
sobrevivir.
—¿Pero qué tal dejar huella?— preguntó al
aire un día.
—Dejas huellas por todos lados, zorro,
estamos parados sobre tierra y pasto. Las tuyas me parecen pequeñas, pero ahí
están.—dijo el elefante rosa con barba.
—No, no huellas. Huella. Una huella en el
mundo, en la historia. Algo que dure para siempre. El problema es esa pregunta
que he leído, que me parece tan reveladora como desmotivadora, que dice
“¿Quieres hacer historia o quieres ser feliz?”, me atormenta, parece que me
dice que no puedo ser feliz y que tengo que ser algún tipo de revolucionario
loco para que mi nombre se escriba en los libros.
—Eres un zorro, si tu nombre aparece en los libros todos van
a pensar que se habla de cualquier zorro. Además, todo se empieza por algo, al
menos tienes la idea de que quieres hacer algo grande, y yo lo que tengo es
hambre.
—Creo que tienes razón, además soy muy joven
y lo que quiero es divertirme, creo que sería mejor aprender a bailar. Vamos a comer.
...
...
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